‘El Arte del Bien Común’, un artículo de José Rafael Pascual-Vilaplana

Compartimos el artículo 'El Arte del Bien Común', de José Rafael Pascual-Vilaplana, prólogo al libro '¿Qué vende un músico?, de Juan F. Ballesteros y Carlos Moreno.

Hace años caminaba un día por París con mi buen amigo el maestro Carlos Palacio (Alcoi, 1911 – París, 1997). En una parada de metro me comentó una anécdota que escribió en uno de sus libros de memorias tras detenernos a escuchar a un músico callejero. En cierta ocasión echó una moneda en el cesto que antecedía un acordeonista anónimo del metro. Una persona que limpiaba los andenes, viendo la escena le comentó: “Ha perdido usted dos monedas”. Carlos le contestó: “No he perdido nada. Al contrario, he ganado unos momentos de felicidad de manos de alguien que no conozco y que con su música ha derribado una gran pared de soledad”. Posiblemente llegar a tener una sociedad mayoritariamente con tal sensibilidad sea una tarea ardua y compleja, pero sin lugar a dudas, es un gran reto, al menos, intentarlo.

Para algunos, la música no es un bien de primera necesidad, y por ello, en situaciones de crisis económica, muchos dirigentes han reducido sus gastos culturales como medida de recuperación. Creo, modestamente, que han cometido un gran error: precisamente en la cultura, y dentro de ella, en la música, podemos hallar herramientas de progreso social y económico. Incrementar el apoyo a la cultura que pueda, además de entretener, edificar una mayor solidez en la educación integral del individuo, no es una utopía. Al contrario, es la confirmación de la confianza en el ser humano. Nos puede servir como reflexión, una cita del libro Ni agua, ni luna de OSHO (Ed. Kairós): “…Cuando aprendes tu ser crece. Cuando estudias tu memoria crece. Cuando estudias sabes más y más; cuando aprendes eres más y más; y son dos cosas totalmente diferentes…”. En nuestra vida como músicos, ¿hemos estudiado o hemos aprendido?. ¿Reutilizamos lo estudiado en aprenderlo y aprehenderlo eficazmente en nuestra vida diaria?. Además de música, ¿nos inmiscuimos en otras esferas del aprendizaje?

Los que nos dedicamos al arte tenemos una responsabilidad que parte de hacer un trabajo honesto, primero con nosotros mismos y después con los demás. El esfuerzo personal, asumir el riesgo del compromiso y mantener el respeto por los compañeros son armas efectivas de desarrollo. No se puede vender humo. Si queremos hacer algo con nuestro trabajo, hemos de dedicarle todo el tiempo que necesita. No el que le dedican los demás: cada uno tenemos nuestro tiempo, nuestro espacio, nuestra personalidad… No es mejor ni peor que otras, es simplemente distinta.

 

 

El poder de la diversidad hace fuerte un mundo que acepta perspectivas distintas, desde ángulos diversos. Y habrá quien rechace totalmente nuestro trabajo. En cierta ocasión, alguien me dijo: “No me gusta nada de lo que compones”. Después de la sorpresa, me sentí reconfortado. Llevaba bastantes años componiendo música sin saber la opinión de esa persona, y el hecho de que no le gustara nada, es que la había escuchado y tenía una opinión sobre ella. Había conseguido que mi música no le pasara desapercibida, pues además, le había incitado a comunicarme su juicio. Lo tomé como una victoria. Es más, me dio ánimos para seguir escribiendo, a pesar de que, posiblemente, nunca acabe por complacer a aquella persona. También me agudizó la crítica conmigo mismo: una crítica constructiva, eficaz y productiva. Ser autoexigente te hace estar continuamente relacionando tu actividad con la propia evolución personal. Sabiendo valorar lo que cada situación y tiempo te provoca, la personalidad se va forjando con el equilibrio de la experiencia vital. Y esa personalidad acaba reflejándose en tu trabajo muchas veces de forma inconsciente, pues forma parte de tu esencia.

Decía el amigo y maestro Amando Blanquer (Alcoi, 1935 – Valencia 2005), que todos los compositores intentan ser originales, pero que a lo sumo a lo que pueden aspirar es a ser personales. “…esperemos que la estética no absorba el campo de la ética…”, afirmaba el compositor alcoyano en su artículo Del diario íntimo. Profundizar en el auténtico sentido del arte nos hace comprender que nuestro trabajo está destinado al ser humano y que éste, en contra de lo que muchas veces se piensa, no es sujeto pasivo o cómodo, sino que sabe apreciar la calidad. El proceso de catarsis no se consigue solo complaciendo con lo que el interlocutor espera, sino sabiendo ofrecerle aquello que le conmueve, que le descoloca su estado de confort.

El trabajo de un artista, sea músico, poeta, actor, pintor, … parte de la generosidad: nuestro producto se crea para ser compartido. Por tanto, antes de pedir, damos. Y esta característica nos hace ser, en demasiadas ocasiones, excesivamente condescendientes con cierta parte de la sociedad que no entiende nuestro trabajo o que lo considera casi una salida de emergencia. En mis primeros años de estudio y por recomendación de mi primer profesor de piano, fui el organista de la iglesia de mi localidad. Iba a ensayar varios días a la semana y solía tocar en la misa dominical ayudando al coro parroquial. Un día amenicé la ceremonia matrimonial de un familiar: desde entonces creo que toqué cada semana en infinidad de bodas, siempre de forma gratuita. Un día, se casó la hija de un empresario notoriamente acaudalado.

Cuando finalizó la misa, cerré la puerta de la escalerilla del órgano y entré a dejar la llave en la sacristía. En ese momento allí estaba el mencionado empresario platicando con el cura y, al verme, le dijo: “Mire, ahí viene el organista: por cierto, ¿no tendrá veinte duros para dejarme? No llevo suelto y quiero que el muchacho se tome un café…”. El cura le replicó: “Usted no tiene dinero suficiente para pagar el trabajo de este músico”. Me sentí tan incómodo que me marché velozmente. El cura me llamó después y me prohibió volver a tocar gratis en ninguna boda. Valorar nuestro trabajo es necesario para poder crecer con él.

Mis amigos Juan F. Ballesteros y Carlos Moreno me han pedido preludiar su libro, y aunque me siento honrado por su confianza, sigo sin entenderles muy bien, pues mi vida como músico ha estado y está bastante alejada de lo que comúnmente se entiende por marketing. Y digo comúnmente, ya que considero que en este concepto se trabajan en ocasiones estereotipos muy vacíos. Es necesario hacernos visibles y ganarnos el respeto siempre mediante la calidad del trabajo que ofrecemos. A través de un discurso bien hilvanado entre anécdotas, citas, reflexiones en voz alta, incluso humor (detonante del buen nivel intelectual de los autores) el libro que tienen en sus manos les hará confeccionar distintas perspectivas respecto al oficio de músico y su potencialidad efectiva en el mundo actual. Se trata de un volumen necesario para incentivar el sentido común y, además, nos puede ayudar a encontrar vías eficaces de desarrollo personal y profesional. Un desarrollo que debe perseguir, de forma sostenible, el bien común. El bien, si no es común, no es. Tal vez el mejor de los éxitos sea mantener ese equipaje que no nos abandona ni en nuestro último viaje: la dignidad.

José R. Pascual-Vilaplana
Barcelona, 14 de diciembre de 2019

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