‘La vida en espiral’, un artículo de José Rafael Pascual-Vilaplana

Compartimos el artículo de José Rafael Pascual-Vilaplana publicado en su página web 'La vida en espiral'.

'La vida en espiral'. (Reflexiones de una mañana de domingo. Entre el recuerdo de Amando Blanquer y las experiencias que la vida generosamente nos ofrece). 

Las mañanas de domingo en mi casa sigo añorando su llamada. Si no nos veíamos durante la semana, era siempre en ese momento cuando el maestro Amando Blanquer solía llamarme. Nuestras conversaciones empezaban siempre alrededor de la familia, si estábamos bien, si las enfermedades evolucionaban favorablemente…se acordaba de todo lo que le habías comentado en charlas anteriores y tenía la gentileza de interesarse por todo y por todos. Después la plática se desviaba hacía la profesión, qué habías hecho, qué ibas a hacer… Su cariño se contagiaba a través de su cálida voz y de sus bromas llenas de ironía y de una gran inteligencia. Siempre se dirigía a los demás con el “usted” y por mucho que insistías nunca conseguías el tuteo por su parte. En más de una ocasión me dijo: “Mi madre me educó así y ya estoy mayor para cambiar, no estaría bien hacerle ese feo a mi madre…”.

 

 

Un domingo de hace ya más de 15 años me llamó el maestro para agradecerme el envío de un CD que había grabado con la banda de Xixona en el cual habíamos incluido una composición suya y también una obra mía. En referencia a mi partitura, me comentó: “Sabe, me doy cuenta que usted sigue en la espiral y eso me reconforta y habla muy bien de usted”. Lleno de sorpresa le pregunté qué significaba aquella afirmación y me explicó: “La composición es una espiral en la que cada uno entramos. No importa el momento, pero si sabes entrar, sigues el camino de la espiral que es la forma que bebe del pasado para seguir hacia delante y, poco a poco, sigue evolucionando sin perder la perspectiva del lugar de origen pero sabiendo que su destino está en ir más allá”. Conversar con Blanquer era siempre un baño de sabiduría, aquella que emana de la sencillez y de la reflexión, la que no busca reconocimiento pero se mueve entre el más rotundo sentido común y la más pura esencia humana. Su música es fiel reflejo de su pensamiento, como, por otro lado, no puede ser de otra forma. El equilibrio entre la tradición y la contemporaneidad en la obra de Blanquer es todo un testimonio de coherencia creativa y de compromiso artístico. Tal vez la magnitud de su arte no puede disociarse de su humanidad. Nuestro común y admirado amigo Carlos Palacio decía: “No tengo más que una consciencia en la que se funden el hombre y el compositor”. Ambos nos demostraron que el arte no solo entretiene al ser humano, sino que contribuye ineludiblemente a su formación integral, y que, por tanto, hay que tener una gran responsabilidad en nuestro trabajo.

Hace unas semanas tuve el inmenso honor y privilegio de compartir unos días con otro de los músicos españoles más importantes del siglo XX, el maestro bilbaíno Luis de Pablo. Me encargaron dirigir el estreno de su cantata La Caída de Bilbao para violonchelo solista, cuarteto vocal, coro mixto y orquesta, con textos populares en euskera, algunos extractos del Evangelio de San Lucas, escritos de Manuel Azaña y poemas de su amigo, el Premio Nobel de Literatura, Vicente Aleixandre. Desde el primer ensayo de lectura de la obra con la BOS (Orquesta Sinfónica de Bilbao) compartimos momentos de tertulia en el tranvía que nos llevaba desde Atxuri al Euskalduna, alrededor de una mesa, en los descansos de los ensayos… Sus ochenta y nueve años llenos de intensa vida por Europa y Estados Unidos, su cultura plagada de encuentros y vivencias con artistas de gran renombre, su naturalidad de hombre culto y sencillo, y su eterno entusiasmo por ocasionar la afección con su música, llenaron unas horas de intenso aprendizaje para un humilde músico como yo que sigue sorprendiéndose con la generosidad de la vida: una vida esforzada que te regala, cuando menos lo esperas, momentos intensos repletos de savia regeneradora. La cercanía del maestro de Pablo y a la vez su constante actitud de atención a todo cuanto le rodea atrapó mi atención y quise regocijarme con cada una de sus palabras. “Si consigo llegar a emocionar aunque sea a una sola persona, ya habrá valido la pena escribir esta cantata”. Fue muy edificante comprobar cómo una de las figuras más relevantes de lo que se denominó vanguardia musical española o generación del 51 mostraba su anhelo de emocionar a alguien. El arte y su sentido sigue siendo el mismo a través los tiempos. En ocasiones se puede pensar que emocionar a alguien es tarea fácil, pero realmente no es así. Hay quien pretende llegar a la emoción a través de la banalidad, sin embargo, Blanquer o De Pablo nos pueden emocionar a través de un oficio, desarrollado desde premisas opuestas, pero con una característica en común: el trabajo intelectual y artesano al servicio de las emociones, el arte comprometido con su más fiel destinataria: la humanidad.

 

 

En los últimos días he compartido muchas horas con mis compañeros de la Banda Municipal de Barcelona y la música de dos imprescindibles compositores del siglo XX cuyo corpus creativo ha estado relacionado, de forma importantísima, con el repertorio bandístico. Carlos Suriñach Wrokona (1915-1997) y Miguel Asins Arbó (1916-1996) nacieron en Barcelona y vivieron prácticamente el mismo período de tiempo desarrollando una carrera musical muy importante en ámbitos diferentes y en ambientes distintos. Sin embargo, en su música destaca una característica común: el aprovechamiento de elementos antiguos como eje de trabajo de futuro. En el caso de Suriñach, el flamenco marca obras bandísticas como su Sinfonietta Flamenca (1954), la suite Ritmo Jondo (1967) o la ya mítica Soleriana (1972), en la cual desarrolla distintas variciones del Fandango del Padre Antonio Soler, una de las figuras claves de la música europea del XVIII. En el caso de Asins Arbó, el folklore revisado con ropajes renovadores aparece en los pentagramas de muchas de sus composiciones como es el caso de la suite Vuit cançons populars catalanes (1975). En ambos autores nos encontramos con un trabajo musical a partir de elementos de raíz popular pero tratados con un ambiente estético renovador, colorista y lleno de compromiso artístico: dos compositores engarzados en la espiral del arte.

Saber de dónde partimos es el mejor seguro y el combustible más eficaz para viajar tanto en la composición como en la vida. Pero reducir nuestro interés sólo al lugar de dónde somos o a aquello en lo que nos sentimos seguros sólo nos hace estancarnos en la cómoda desidia de la involución, en el estado cobarde de la indiferencia. Del mismo modo, si renunciamos a quienes somos no podremos emprender ningún proyecto de futuro. Decía Vicente Aleixandre: “Recordar es obsceno. Peor es triste. Olvidar es morir”.

Estar en la espiral te hace no olvidarte de quien eres, de donde has salido, que es lo esencial en tu vida… y además, todo ello te empuja a seguir el camino, siempre hacia delante. Los grandes músicos siempre atestiguan su calidad humana. Sin embargo he conocido músicos de prestigio cuyo comportamiento con los demás evidenciaba una catadura moral más que dudosa, tal vez por olvidarse de lo fundamental. Y aunque no debiera hacerlo, no he podido continuar analizando su trabajo artístico de la misma manera que lo hacía antes de conocerlos personalmente. Si hay una cosa que me atrae profundamente del oficio de músico es el hecho de trabajar con personas, con lo complejo, difícil y fascinante que eso resulta. Todos tenemos potencialidades y defectos que hemos de equilibrar o al menos trabajar para hacerlo. Pero fijar al artista en un pedestal dorado o englobarlo en una hornacina mitificada que le excusa de lo esencial, es alejarlo de su propia naturaleza. La prepotencia y la mala educación hacia los demás son símbolo inequívoco de un gran vacío interior sea cual sea tu trabajo, sea cual sea tu situación. Hace años que busco estar rodeado de buenas personas. Buenos músicos he encontrado muchos; personas buenas, no tantas. No se, tal vez sea la incipiente presencia de canas en mis sienes, pero el análisis de mi trabajo se ha convertido paulatinamente en una constante reflexión sobre nuestra funcionalidad en la sociedad actual: como diría Blanquer, la estética no puede vencer a la ética.

Y es que vivir en coherencia contigo mismo te proporciona una cierta seguridad para seguir adelante. “Estar en la espiral además le ayuda a soportar la vida”, me dijo un día Blanquer. ”Con una espiral se crea un muelle esponjoso que puede ser resorte de la dureza con que la vida a veces golpea”. Esperemos tener el criterio y las agallas para seguir caminando en la espiral.

José R. Pascual-Vilaplana
Artículo publicado en www.pascualvilaplana.com  
Cocentaina, 4 de agosto de 2019

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